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¿Conoces esta planta? Esa fue la pregunta con la que abordamos a diferentes personas en una calle de Bogotá hace unos días. Algunas con más prevención que otras —justo después de comprobar con recelo la presencia de la cámara— se acercaron a la planta, tocaron sus hojas, las olieron e incluso las mascaron. A excepción de una mujer de aproximadamente 50 años, todas las personas entrevistadas coincidieron en una respuesta a la pregunta: No la conozco.
“¿Marimba? ¿Marihuana? ¿Coca? ¡Coca! ¿En serio? ¿No los ha molestado la policía por andar con coca en la ciudad?” Diversas fueron las reacciones que revelaron el imaginario en torno a estas dos plantas sagradas y fuertemente ligadas a las culturas ancestrales y sus visiones del mundo. Una imagen negativa que ha sido alimentada por un conflicto armado que ha dejado más de 20.000 víctimas mortales, y también por los medios de comunicación que actualmente hablan de la paz como un asunto de firmas, pero que en realidad es un proceso de años que va mucho más allá de la dejación de armas por parte de un grupo insurgente.
Delimitar con fechas exactas el fenomeno de la violencia en Colombia es muy difícil, así como también es difícil establecer el número exacto de muertes que ha dejado el narcotráfico. Esto sin nombrar el desplazamiento, las desapariciones forzadas, la usurpación de tierras, los falsos positivos, los secuestros y, permitiéndome ser un poco mas ligera: los chistes y comentarios superficiales a los que uno como colombiano se enfrenta en tierras extranjeras al mostrar el pasaporte o al nombrar su nacionalidad. En las últimas decadas la lucha contra el narcotráfico ha tenido diversas caras, nombres, estrategias y planes que más allá de los resultados decepcionantes, permiten ver como estas plantas han sido marcadas con una imagen injusta e imprecisa.
